Durante años nos dijeron que había que estudiar para encontrar un buen trabajo.

Ahora tendremos que acostumbrarnos a algo diferente: seguir aprendiendo mientras trabajamos.

La inteligencia artificial ya no es una promesa de futuro. Está entrando en empresas, despachos, administraciones, bancos, aseguradoras, medios de comunicación y departamentos tecnológicos.

Y está cambiando tareas que hasta hace poco parecían exclusivamente humanas.

Redactar un informe. Resumir documentación. Analizar datos. Preparar una presentación. Traducir un texto. Escribir código. Contestar consultas.

Muchas de estas cosas ya pueden hacerse en minutos.

Eso no significa que mañana desaparezcan todas esas profesiones.

Significa que la forma de ejercerlas va a cambiar.

Por eso, quizá la pregunta no debería ser si la inteligencia artificial nos quitará el trabajo, sino esta:

¿Qué parte de mi trabajo podrá hacer una IA dentro de dos o tres años?

Un puesto no necesita desaparecer para transformarse.

Puede bastar con que una persona tarde tres horas en hacer algo que otra resuelve en treinta minutos utilizando nuevas herramientas.

O que una empresa necesite menos personal para producir lo mismo.

O que, cuando llegue el momento de contratar, se valore más a quien sepa trabajar con inteligencia artificial.

Esto afecta especialmente a quienes trabajamos delante de un ordenador.

Administración, finanzas, seguros, programación, diseño, comunicación, recursos humanos, atención al cliente, marketing o asesoría.

No porque todos esos trabajos vayan a desaparecer, sino porque una parte de sus tareas ya puede automatizarse.

BBVA Research situaba recientemente a Cataluña entre los territorios españoles con mayor presencia de ocupaciones expuestas a la inteligencia artificial.

Y aquí conviene hacer una distinción importante:

Exposición no significa desaparición.

Significa que determinadas funciones pueden cambiar, acelerarse o automatizarse.

Hay una idea que cada vez me parece más importante.

Cuando producir se vuelve barato, el criterio se vuelve caro.

Una inteligencia artificial puede generar diez textos en pocos segundos.

Puede preparar propuestas, analizar datos o crear un primer borrador prácticamente de cualquier cosa.

Lo difícil empieza después.

Decidir qué sirve.

Detectar qué está mal.

Entender el contexto.

Comprobar la información.

Saber cuándo una respuesta aparentemente correcta no lo es.

Y asumir la responsabilidad de la decisión final.

Ahí sigue estando gran parte del valor humano.

La experiencia y el conocimiento continúan siendo fundamentales.

Pero ahora debemos sumar otra capacidad: entender las herramientas que están entrando en nuestra profesión.

Y eso no significa que todos tengamos que aprender programación o convertirnos en ingenieros de inteligencia artificial.

Para la mayoría sería innecesario.

Formarse puede significar algo mucho más sencillo.

Saber cómo puede ayudarte una IA en tu trabajo.

Qué tareas puedes automatizar.

Cómo comprobar sus resultados.

Qué información no deberías introducir.

Cuáles son sus límites.

Y cuándo no debes confiar en ella.

Yo mismo estoy viviendo ese proceso.

Cuanto más aprendo sobre tecnología y datos, más evidente me resulta que ya no existe un momento en el que podamos decir que hemos terminado de aprender.

Todo cambia demasiado rápido.

Pero tampoco quiero caer en el mensaje fácil de decirle al trabajador: «fórmate o quédate fuera».

Sería injusto.

Las empresas también tienen una responsabilidad enorme.

Si una compañía introduce inteligencia artificial para aumentar productividad, reducir costes o trabajar más rápido, debería invertir también en las personas que trabajan allí.

Darles formación.

Tiempo para adaptarse.

Información sobre cómo se utilizarán estas herramientas.

Y alternativas cuando determinadas funciones desaparezcan.

No podemos exigir adaptación permanente dejando toda la responsabilidad sobre los hombros del trabajador.

Las administraciones también tendrán que hacer su parte.

Hace unas semanas, la Generalitat anunció medidas para anticipar el impacto de la inteligencia artificial sobre el mercado laboral catalán, incluyendo programas de capacitación y recualificación profesional.

Ese enfoque es importante porque existe un riesgo del que se habla menos que de los robots sustituyendo personas.

Una nueva brecha laboral.

Entre quienes han tenido tiempo, recursos y oportunidades para aprender a utilizar estas herramientas y quienes no.

Esa desigualdad sí debería preocuparnos.

La inteligencia artificial no es el enemigo.

El enemigo es pensar que todo seguirá funcionando como hasta ahora.

Tener un título, años de experiencia o un puesto estable no garantiza que nuestro trabajo vaya a mantenerse igual.

Pero tampoco necesitamos vivir esta transformación con miedo.

Podemos empezar de una manera mucho más sencilla.

Abrir una herramienta.

Probarla.

Equivocarnos.

Entender qué hace bien y qué hace mal.

Y descubrir cómo puede ayudarnos en nuestro propio trabajo.

No sabemos exactamente cómo será el mercado laboral dentro de cinco años.

Quien asegure saberlo probablemente esté exagerando.

Pero sí sabemos algo.

La inteligencia artificial ya forma parte del mundo laboral.

No necesitamos competir contra una máquina.

Necesitamos conseguir que, cuando nuestro trabajo cambie, nosotros sepamos movernos con él.

Porque quizá la gran división del mercado laboral no termine siendo entre humanos y máquinas.

Quizá sea entre quienes aprendieron a trabajar con ellas y quienes no tuvieron la oportunidad de hacerlo.

Y evitar esa brecha debería preocuparnos a todos.

Jordi Callejo, exconseller del Districte de Ciutat Vella de Barcelona.