Cada semana aparece un modelo de inteligencia artificial más potente.

Más rápido. Más barato. Más capaz.

Pero hay una pregunta que casi nunca acompaña a esos anuncios:

¿Para quién?

Porque mientras en Barcelona discutimos qué tareas de nuestro trabajo podrá hacer una IA, hay millones de personas que ni siquiera pueden conectarse a internet.

Según la Unión Internacional de Telecomunicaciones, unos 2.200 millones de personas seguían desconectadas en 2025.

En los países ricos, el 94 % de la población usa internet. En los países de renta baja, solo el 23 %.

No se puede usar una inteligencia artificial sin conexión, sin electricidad y sin un dispositivo.

Y aquí empieza el problema.

La IA no nace en el vacío. Nace donde están el dinero, los datos y los centros de datos.

Naciones Unidas calcula que 100 empresas, sobre todo de Estados Unidos y China, concentran el 40 % de la inversión empresarial mundial en investigación y desarrollo.

África, donde vive cerca de una de cada cinco personas del planeta, tiene menos del 1 % de la capacidad mundial de centros de datos.

Y 118 países, la mayoría del Sur Global, no participan en los principales debates sobre cómo gobernar la inteligencia artificial.

Es decir: otros deciden las reglas de una tecnología que también les cambiará la vida.

Naciones Unidas prevé que el mercado de la IA alcance los 4,8 billones de dólares en 2033.

La cuestión es quién se quedará con ese valor.

Si la respuesta es «los de siempre», la inteligencia artificial no reducirá la desigualdad.

La multiplicará.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo ya ha advertido de que la distancia entre los países con mayor y menor desarrollo humano lleva cuatro años seguidos creciendo, después de décadas acercándose.

Y, sin embargo, hay un dato que me parece esperanzador.

En los países con desarrollo humano bajo y medio, el 70 % de las personas cree que la IA aumentará su productividad.

La gente no tiene miedo a la tecnología.

Lo que pide es poder usarla.

Por eso defiendo una idea sencilla:

Necesitamos una IA redistributiva.

Una inteligencia artificial al alcance de todos, y especialmente de los más vulnerables.

¿Qué significa eso en la práctica?

Significa que un agricultor de Senegal pueda consultar en su lengua cuándo sembrar o cómo tratar una plaga.

Que una enfermera de un pueblo de Bolivia tenga un asistente que le ayude a diagnosticar.

Que un estudiante de Bangladés tenga un tutor que no dependa de que su familia pueda pagar clases particulares.

Que una pequeña cooperativa de Marruecos pueda traducir, vender y gestionar como una gran empresa.

La IA puede hacer todo eso.

Pero no ocurrirá sola.

Para que sea redistributiva hacen falta decisiones políticas.

Conectar primero. Sin electricidad ni internet, no hay IA posible.

Modelos abiertos. Que los países puedan descargar, adaptar y desplegar la tecnología en sus propios servidores, sin depender para siempre de un proveedor extranjero.

Lenguas locales. Una IA que solo entiende inglés deja fuera a miles de millones de personas.

Infraestructura compartida. Capacidad de cálculo pública e internacional a la que puedan acceder universidades, hospitales y administraciones del Sur Global.

Formación. De nada sirve la herramienta si nadie enseña a usarla.

Una voz en la mesa. Los países que más tienen que perder deben participar en las reglas.

Europa tiene aquí una responsabilidad especial.

Hablamos mucho de una IA ética, segura y respetuosa con los derechos.

Pero una IA ética que solo llega a los que ya lo tienen todo no es del todo ética.

La cooperación internacional del siglo XXI no puede ser solo enviar recursos.

Tiene que ser también compartir conocimiento, tecnología y capacidad.

Fui conseller de Ciutat Vella. Conozco de cerca lo que significa vivir en barrios donde las oportunidades no llegan igual para todos.

Y he aprendido algo: las grandes transformaciones nunca son neutrales.

O se diseñan para incluir, o acaban excluyendo.

La inteligencia artificial puede ser la tecnología que por fin acerque oportunidades a quienes siempre llegaron tarde.

O puede convertirse en la nueva frontera entre los que tienen y los que no.

Todavía estamos a tiempo de elegir.

Pero no por mucho tiempo.

Jordi Callejo, estudiante de AI Engineering y exconseller del Ajuntament de Barcelona.

Fuentes de los datos: UIT, Facts and Figures 2025 · UNCTAD, Informe de Tecnología e Innovación 2025 · PNUD, Informe sobre Desarrollo Humano 2025 · CNBC Africa